ALVARO DELGADO

© del texto Eduardo Jáudenes de Salazar (CEO de NEWSDEI)

Quedé con Álvaro Delgado en su casa del Parque de las Avenidas de Madrid, su vivienda la tiene en un piso y su estudio en la planta baja del mismo edificio.

Álvaro Delgado es un buen conversador. Empezamos enseguida con la entrevista.

-¿Dónde naciste?

-En la calle de la Esperanza de Madrid, muy próxima a las plazas de Antón Martín y Lavapiés, lugares que luego reflejo en los paisajes de mi primera época como Madrid desde el Manzanares, El puente de Toledo o La ermita de San Isidro.

-¿Tienes hermanos?

-Soy el mayor de dos hermanos.

-Eres más conocido por tus retratos pero formaste parte de la Escuela de Vallecas

-Estoy más interesado en la figura y el retrato que en el paisaje, me acerque al grupo de pintores conocidos como segunda Escuela de Vallecas, reunidos por Benjamín Palencia y Francisco San José,​ embrión de la Escuela de Madrid de la que también formé parte​ y que me sirvió de plataforma para ser seleccionado en la cuarte edición del «Salón de los once» organizado por la Academia Breve comandada por Eugenio d’Ors.

-También has pintado paisaje y bodegón

-He pintado paisajes, bodegones y retratos de un amplio círculo de pintores, críticos de arte y personalidades de la vida cultural española, o de monografías temáticas, como mis series sobre Los fusilamientos del tres de mayo de Goya (1960), o los campesinos de La Olmeda.

-¿Cómo haces los retratos?

-Primero hago infinidad de fotos y elijo el gesto que más se repite, ese y no otro es el que define al personaje.

Luego exagero los rasgos físicos y así capto el alma del personaje.

​-Con un trazo nervioso y fuertemente expresionista diría yo.

-Me da un poco de rabia que sólo me consideren retratista, yo creo que he aportado mucho más que retratos. Por ejemplo mi serie ¡porqué? Donde trato de comprender la masacre del 11S.

El género del retrato fue decisivo para mí, a partir de que el exalcalde de Madrid Agustín Rodríguez Sahagún me pide para la serie de retratos del ayuntamiento, en la que el propio alcalde saliente elije el pintor que más le gusta para el retrato, también me eligió Juan Antonio Barranco. Paco Umbral y otros muchos me hicieron famoso por mis retratos expresionistas.

-Eres miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

 Sí desde 1974, año en el que ingreso como miembro.

-¿Cómo es tu formación?

-Inicio estudios de comercio, en los primeros meses de 1936, en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, pero al estallar la Guerra Civil me vi obligado a abandonarlos para trabajar en los almacenes donde mi padre era encargado.

Al conocer que comenzaban las clases de la Escuela de Artes y Oficios, se matriculé en dibujo de estatua, disciplina en la que obtuve el Premio Extraordinario. Posteriormente, me inscribí en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid y entre 1937 y 1939 asistí a los cursos libres que impartía Daniel Vázquez Díaz, le admiraba por las nuevas corrientes pictóricas que en ese momento venían de París, en particular el cubismo, presente en su primera etapa.​

Los estudios que realice durante la contienda no me fueron convalidados, por lo que me vi en la necesidad de realizar una prueba de ingreso en la Escuela de San Fernando, que no superé.

En el examen teórico dije que el Greco era mejor que Velázquez, pues siempre he pensado que mientras El Greco se dedicaba a pintar el alma, los demás pintores pintan el cuerpo.

Decir que Velazquez estaba por detrás del Greco era, en ese momento, algo imperdonable en la Academia. También tuvo importancia el proceder de una familia comprometida con la causa republicana.​

-¿Cómo fue tu paso por La Escuela de Vallecas​?

-Entre 1939-1942 me involucro en el proyecto místico bautizado por Benjamín Palencia como El Convivio, experiencia que algunos consideran básica en mi trayectoria artística, por el carácter que tuvo de refugio, impulso y continuidad en mi formación una vez paralizados los estudios junto a Vázquez Díaz. Conformamos el grupo: Gregorio del Olmo, Francisco San José, Carlos Pascual de Lara y Enrique Núñez Castelo, y según anotaba el crítico Ramón Faraldo, otros artistas, con mayor o menor asiduidad, se acercaban al grupo: Luis Castellanos, García Ochoa y Cirilo Martínez Novillo. El paisaje castellano de los alrededores del Madrid de posguerra española, se constituyó en modelo para la renovación del arte, aunque prescindiendo de buena parte del vanguardismo de la primera Escuela de Vallecas hacia planteamientos más realistas.

-¿La Escuela de Madrid?

-Abandono la aventura vallecana en 1942. En 1945 realizo mi primera exposición individual en la Galería Clan. En el mes de noviembre de este mismo año, participo en la “Exposición de la Joven Escuela madrileña” en la Galería Buchholz, origen de la Tercera Escuela de Madrid.​ La muestra agrupaba a artistas, en su mayoría jóvenes de ideas renovadoras. Del texto escrito en el catálogo se desprenden como notas en común: «ser residentes en Madrid y haber realizado sus estudios en la ciudad». Tres son los maestros reconocidos unánimemente por críticos, historiadores y artistas: Vázquez Díaz, Benjamín Palencia y Pancho Cossío, a los que otros añaden los nombres de Gutiérrez Solana.

-¿Cuándo conoces a Cossio?

Le conozco en la posguerra, en las tertulias que se hacían en el café Lyón. Los integrantes de la Escuela aprendimos de él la importancia de la técnica en la pintura y la sensualidad con que trataba la materia, tratamiento con el que podían conseguir diversos efectos, entre ellos el sentido intimista, dotando a sus obras de un particular lirismo. De Solana tomamos la tendencia hacia la monocromía. Todas estas enseñanzas constituyen los pilares sobre los que se asienta «La Joven Escuela de Madrid». Las influencias de estos maestros, que con el tiempo se dejan ver claramente, en principio no lo eran tanto, ya que el grupo presentaba un panorama muy heterogéneo y ecléctico.

-¿Eres un tertuliano de vocación?

Sí, me encantan y frecuento las tertulias del café Lyón, donde me relacioné con la pintora Menchu Gal y el crítico Ramón Faraldo. A través de ellos conocí a Mercedes Gal, con la que contraje matrimonio en 1946.

-Qué influencia tiene para tí el IV Salón de los Once, de la Academia Breve de Crítica de Arte?

-Mucha, 1947 fue un año emblemático para mí. El impulso vendría de la mano de Eduardo Llosent, director del Museo de Arte Moderno, quien le presentó en el IV Salón de los Once, de la Academia Breve de Crítica de Arte y me abrió las puertas para que realizara una exposición individual en el Museo de Arte Moderno que se celebró del nueve al veinticuatro de junio del mismo año. También participé en la Exposición de Buenos Aires (Argentina). La muestra obtuvo gran éxito y fue clausurada por Ramón Gómez de la Serna, con una conferencia sobre Solana.

-Fuiste becario del Gobierno Francés en París.

-En 1949 fuí becario del Gobierno Francés en París. Viví en la Rue Mazarine, número 9, barrio de Saint Germain, en el estudio del pintor Marcel Bouissou. Allí, me dejé conquistar por Picasso y se se acrecentó mi interés por Georges Rouault, André Derain y Paul Cézanne. Este mismo año mostré por primera vez mi obra en Barcelona, en las Galerías Layetanas, y fui seleccionado para la Quinta Exposición Antológica de la Academia Breve de Crítica de Arte.

-Los cincuenta supusieron tu consagración.

La década de los cincuenta supuso el reconocimiento de mi obra no solo a nivel nacional, sino también internacional. En 1950 repetí exposición en el Museo Nacional de Arte Moderno. Camón Aznar y Sánchez Camargo ya observaron mis dotes para el retrato. Fuera de España, tomé parte en El Cairo (Egipto) en la Exposición de Arte Español, y en la «XXV Bienal de Venecia». El 21 de noviembre año 1953, nació mi único hijo. En el plano artístico comencé a recoger el fruto de su trabajo. Obtuve el Segundo Premio de la Exposición Internacional de Arte Mediterráneo, Alicante.

Participé en 1954 en la Bienal de Arte Hispanoamericano de la Habana, donde gané el premio «Ciudad Santiago de Cuba» por mi obra Máscara. También participé en las colectivas de Bellas Artes celebradas en Buenos Aires y Lisboa.

-¿Cómo fue tu encuentro con el occidente asturiano en Navia?

-Mi relación artística con el occidente asturiano se inició a través de Luis Álvarez, dueño de la Galería Velázquez en Buenos Aires. Motivado por el calor humano y la belleza del paisaje, me instalé a partir del verano de 1955 en Navia, donde pasé con frecuencia largas temporadas. Resultado de esta experiencia es la «Crónica del Navia», en la que recogí a modo de ecosistema, paisaje y paisanaje.

-También obtuviste el premio de pintura en la Bienal de Arte del Mediterráneo en Alejandría.

Sí en 1955 obtuve el Gran Premio de pintura en la Bienal de Arte del Mediterráneo en Alejandría por la obra Bodegón (Taberne). A la Bienal se habían presentado artistas de la talla de Derain, Marc Chagall, y Raoul Dufy, entre otros. Esta Bienal fue organizada por la Dirección General de Bellas Artes egipcia para celebrar el tercer aniversario de su Revolución.

-¿Cómo fueron los sesenta para ti?

En la década de los sesenta, alterné mi actividad entre Asturias y Madrid. Los éxitos obtenidos me afirmaban en mi postura figurativa, ahora plenamente expresionista y de fuertes raíces hispánicas. Parto de vivencias personales que se han ido gestando en mi interior -La Guerra Civil española, la posguerra, la Segunda Guerra Mundial- y que necesito exteriorizar, por eso mi actitud va a ser de protesta y mi pintura una especie de rebelión frente a la violencia.

En 1960 obtuve La Beca de la Fundación March que había solicitado para realizar cuadros de gran formato sobre la obra de Goya que tome como referente y recreé Los fusilamientos del dos de Mayo.

En 1960 en el VIII Concurso Nacional de Pintura de la Diputación de Alicante, obtuve el Gran Premio y Medalla de Oro. Consiguí la Primera Medalla de dibujo en la Exposición Nacional de Bellas Artes, celebrada en Barcelona, Palacio de Montjuich, por la obra Muchacha. En 1961 tomé parte en la colectiva «Peintres Contemporains d´Espagne» (París) y en el XI Salón de Grabado. También participé en el homenaje a Madrid en el IV Centenario de su Capitalidad, en el que obtuve El Gran Premio y Medalla de Oro del Grabado, por el retrato de Miguel de Unamuno. En 1962 participé en el I Certamen Nacional de Artes Plásticas donde obtuve El Gran premio de dibujo. En 1963 en la VII Bienal de Sao Paulo. En 1964 en la XXXIII Bienal de Venecia; en la Feria Mundial de Nueva York, en la exposición participé en la colectiva «Veinticinco pintores españoles en Roma”. Este mismo año, comencé mi andadura en los temas religiosos en mi estudio de Navia.

-¿Cómo abordas el tema religioso?

-Tomo como modelos a mendigos que encontraba en las calles de Oviedo, con ello humanizaba el tema, presentando a los discípulos de Cristo tal como eran, como humildes pescadores.

– Luego te reencuentras con Castilla en La Olmeda.

En 1965, me establezco en la Villa de la Olmeda de las Fuentes, situada al SE de la Comunidad de Madrid. Me sorprendió la belleza que presentaba el caserío alrededor de la torre de la iglesia, proyectado sobre cerros en los que destacaban tomillares. La villa pasaba por un momento crítico, el éxodo rural había disminuido la población del lugar. Me encuentro con una zona detenida en el tiempo, donde la mecanización no había hecho su presencia; un paisaje virgen, gentes rústicas, inmunes al tiempo. Para mí supondría una fuente inagotable de inspiración, que me ayudó a afianzarme en un expresionismo que venía proyectando desde inicios de la década. Por otra parte, había pasado mucho tiempo en Asturias, lo veía todo verde y algunas veces negro. Necesitaba mirar un cielo de azules intensos, sentir el calor sofocante del verano. Así es como inicié mi “Crónica de la Olmeda”, que al igual que la “Crónica del Navia” recoge paisaje y paisanaje. En 1965, asistí a la Primera Bienal de Arte Contemporáneo de París. En 1966 presenté mis estudios sobre los Fusilamientos de la Moncloa en Santander, Galería Sur. Reconociendo mi labor divulgadora, en 1978, el Ayuntamiento de la Olmeda, acuerda poner una calle a mi nombre. Y este mismo año se publicó el libro de Nicolás Dorado, Crónicas del Guarda Mayor, editado por Gráficas Ellacuría, (Bilbao, 1968) cuyas ilustraciones recogen mis litografías de la serie «Bichos para matar». En 1968 expuse en Nueva York, en la Galería Barbisson y en Barcelona, en la Sala de Conciertos y el Camarote Granados, del Hotel Manila. La muestra marca la línea ascendente en el tema del retrato.

-Cómo surgió el retrato a su majestad Haile Selassie, el Emperador de Etiopía.

-Fue a través de una llamada del Ministerio de Asuntos Exteriores, por indicación de Fraga Iribarne me propusieron hacer un retrato a su majestad Haile Selassie, el Emperador de Etiopía. Acepté entusiasmado, trasladándome a Mallorca donde se alojaba. Realice sobre este personaje 5 dibujos y 4 óleos que supusieron un gran impulso para mi carrera. A partir de este momento, el Cuerpo Diplomático y el Gobierno me hacen encargos y así comience mi época de retratos oficiales y aparecí como indiscutible en este campo. Los retratos del Emperador se presentaron en la Galería Agorá en1969. El texto del catálogo era de Luis González Robles, en aquel tiempo director del Museo Español de Arte Contemporáneo, lo que denota la importancia que entonces me daban. En compensación por el trabajo realizado, en 1971, me nombran Comendador de la Orden de la Estrella de Etiopía.

-Hiciste una exposición de retratos de hombres de negocios, políticos, intelectuales…

Fue en 1970 en la Galería Richelieu, una exposición monográfica de retratos. Hombres de negocios, políticos, intelectuales, religiosos, entre otros, entran a formar parte de mi dossier. En 1971 expuse en Madrid en el Museo Español de Arte Contemporáneo «La crónica de La Olmeda».

-En los setenta te nombran académico.

-En 1973 ingresé, como miembro de número, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Leí mi discurso el 16 de julio de 1974 bajo el título «El retrato como aventura polémica». En la contestación al mismo, Enrique Lafuente Ferrari señalaba que pertenezco a una generación que se ha tenido que enfrentar a los prejuicios académicos y a los antiacadémicos.

-Tu muestra en el Club Urbis fue decisiva.

-«30 retratos» que marcan, sin lugar a duda, un hito en el retrato español del siglo XX.

-De esa época son las muestras en Madrid de “Doce hombres de la Olmeda”, el Cristo y “La Guerra”.

-En 1974 presenté en Madrid, en la Galería Columela, su apostolado, “Doce hombres de la Olmeda”, el Cristo y “La Guerra”. Aquí profundizo en el conocimiento del hombre al que veo como un ser enigmático y contradictorio. Haciendo mia la pregunta del grabado de Goya «¿Por qué?”, me cuestiona ¿Por qué el hombre tiene que construir su historia matando, torturando, humillándolo o destruyendo al prójimo?

-Te movías entonces entre Navia, La Olmeda y Madrid

-Tras instalarme en La Olmeda, continue visitando esporádicamente Navia. En 1975 sus habitantes quisieron agradecerme la labor divulgativa nombrándome «Hijo Adoptivo». Lo emotivo del encuentro me anima para adquirir casa propia y un estudio en el Espín, desde donde se ve el puerto, las escolleras, el monte, el faro de Ortiguera, la desembocadura de la ría. Un conjunto de gran belleza, que inspira muchas de mis obras.

Desde este momento tanto mi vida, como mi obra se desdobla entre las dos Españas: la húmeda y la seca, dos ecosistemas que para mi son complementarios. En mi primer encuentro con Asturias los lienzos se llenan de paisajes y los dibujos son retratos de amigos. Ahora profundizo más en el hombre y su entorno siguiendo la línea iniciada en mi «Crónica de la Olmeda». Se impone una visión introspectiva y de análisis de los comportamientos del ser humano, siento atractivo por lo singular, así mis obras La mujer feriante, El mendigo, El cojo de la Braña, La bruja, La vieja con paraguas, pasan a ser estudios antropológicos.

-Ilustras el libro de poemas de Rafael Alberti con variaciones del Entierro del Conde de Orgaz

-Fue 1975, con doce litografías, de Edición «Tiempo para la Alegría» de Rafael Casariego.

-En 1983 te nombran Hijo Adoptivo de La Olmeda.

-Es porque en la década de los ochenta, mi actividad se desarrolla principalmente en Asturias.

En esa época sentí la necesidad de dar un giro a mi temática. Salir de lo trascendente y buscar el sentido lúdico de la vida. Pensé en utilizar el desnudo como tema y convertir a sus viejos y mendigos en voyeurs. Me adentré en el desnudo tomando como pretexto el tema bíblico recogido en el libro de Daniel sobre “Susana y los viejos”. Obra que expondré en 1985, en el Museo Municipal de Bellas Artes, de Santander y en Sala Sur.

En 1986 expuse en San Sebastián, en el Museo Municipal de San Telmo. Su director, Julián Martínez, en el catálogo, no duda en considerarme como máximo representante de la neofiguración de España.

-Que me dices de «Ruedo Ibérico».

-En 1987 nace «Ruedo Ibérico». Yo tomo parte en el grupo junto a Luis Caruncho, José Luis Fajardo, José María Iglesias, Águeda de la Pisa y Salvador Victoria, José Caballero Bonald y José Luis Morales y Marín. Lo que nos une es el hecho de que todos vivíamos y trabajábamos en Madrid y teníamos el deseo de contribuir a una mejor revisión del panorama general de la pintura española, y su difusión en el exterior a través de muestras internacionales, donde se venía observando un apoyo continuado a un número determinado de nombres, con premeditado olvido de otros. Entre los componentes de Ruedo Ibérico se delimitan todos los ismos que, de una u otra forma, han configurado el desarrollo de la pintura española. El grupo celebramos varias exposiciones colectivas. La primera en Praga, en 1989. En 1990, en México y Marbella. La iniciativa contó desde el primer momento con el apoyo de Agustín Rodríguez Sahagún, en aquel momento alcalde de Madrid.

-También eres miembro de la academia Europea.

-En 1988 fui nombrado miembro titular de la Academia Europea de Ciencias, Artes y Letras, a propuesta de Federico Sopeña Ibáñez. Desde su condición de Académico de Bellas Artes de San Fernando, he estado al frente de la Calcografía Nacional y he impulsado la adscripción de personalidades del arte contemporáneo, como la de Tàpies o Chillida. En 1990 fui elegido Académico Correspondiente por Madrid de la de Real Academia de Bellas Artes de Granada.

-Recibes la Medalla al Mérito Artístico del Ayuntamiento de Madrid.

Sí fue el 7 de junio de 1991 cuando recibo la Medalla al Mérito Artístico del Ayuntamiento de Madrid en atención a mi trayectoria artística. Este mismo año, próximo a la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América, realizo una serie de 20 litografías que se editan bajo el sello de Rembrandt Editions, con el título Un orbe nuevo. Me limito a narrar el encuentro entre ambos mundos, reflejando el lado positivo del acontecimiento histórico. En cuanto a la técnica pretendo conquistar una libertad caligráfica que le conduce al borde de la abstracción.

-Recibes la Medalla de Oro del Ayuntamiento de Madrid.

-El 24 de febrero de 1995 se me concede la Medalla de Oro del Ayuntamiento de Madrid, que me sería entregada por el entonces alcalde, Álvarez del Manzano el 10 de mayo, en el Museo de la Ciudad, donde se presentó mi exposición «Madrid Villa y Corte».

-En 1996 obtienes la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.

-En 1997 fui nombrado «Hijo Adoptivo del Concejo de Valdés» y se inaugura la Sala Municipal de Exposiciones de Luarca, que lleva mi nombre. En 1998 obtengo el premio Barón de Forna de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Expongo en Córdoba en el Palacio de la Merced donde presento parte de mi serie “Eros y Thanatos” que en agosto mostré completa en Arte Santander, que me dedicó la Sala de Honor con motivo de haber sido galardonado el año anterior con la medalla de Oro.

-En 1999 eres nombrado Socio de Mérito de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País.

-Como agradecimiento dono un retrato de Mariano José de Larra que fue alumno de la Institución. Este año, mis exposiciones continúan a ritmo vertiginoso. En el Edificio de la Asamblea (Vallecas-Madrid), presento una nueva muestra monográfica de retratos y en Oviedo, en el Centro de Arte Moderno Ciudad de Oviedo mi “Crónica Astur” que recoge la historia de esta tierra a través de sus reyes; también expongo en el Palacio de la Madraza, Universidad de Granada, y en esta misma ciudad, en la Fundación Rodríguez-Acosta.

-Llegamos al Siglo XXI

-Entrado el S. XXI la labor que realizo sigue siendo reconocida con premios y distinciones. Su obra se expone dentro y fuera de España. En el 2002 recibo la Medalla de Honor de la Real Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría de Sevilla. En el 2003 fui seleccionado por el Ministerio de Asuntos Exteriores dentro del programa “Arte español para el Exterior” y recorrí, desde Valladolid, con mi serie “¿Por qué?” varios países americanos durante el 2004: Museo Alejandro Otero de Caracas (Venezuela). Sala de Exposiciones del Malecón 2000 de Guayaquil (Ecuador); Museo Nacional de Ecuador en Quito. Y en el 2005 en Spanish Institute, Nueva York (USA). En el 2009 recibo el Homenaje a “La Antigüedad Académica” de la Real Academia de San Fernando y en el 2011 expongo en la Fundación Díaz Caneja, como homenaje a este artista, compañero y amigo.

-¿Cuando pintas que es lo que más te importa?

-Depende de los temas y las épocas en que pinto:

Cuando tengo como eje de temática, un especial interés por el hombre y el medio donde se desarrolla su vida. Es inevitable señalar la vivencia de la Guerra Civil y sus respectivos encuentros con Navia (Asturias 1954) y La Olmeda (Madrid 1965), como circunstancias que han marcado mi vida y mi obra.

El paisaje se presenta como escenario de vivencias, primero en los alrededores de Madrid, luego en Navia y posteriormente en La Olmeda. Sobre él proyecto los principios de la Escuela de Vallecas. Son paisajes existencialistas, donde la huella del hombre está presente y muestran a través de los ritmos y el color mi visión subjetiva. En La Olmeda, la Castilla plena de luz de los primeros años va cediendo paso a una visión catastrofista, provocada por el derrumbe de la cultura agraria que cede ante la del ocio, transformando el verdadero sentido de este paisaje. En los asturianos, la curiosidad del artista supera el interés por la naturaleza, proyectándose sobre el desarrollo cultural e histórico de esas zonas. Se produce en estas pinturas una especie de conexión entre el tema y problema que nos revela mi postura.

Las obras que contienen bodegones y animales muestran los objetos de los que me sirvo y los animales que integran los ecosistemas en torno a los que gira y se desarrolla mi vida y mi obra. Pero también, en la serie «Bichos para matar», dejo reflejado el tema de la caza. Con ello, además de revitalizar el tema, consigo que sean verdaderos documentos animalísticos. En mis «tauromaquias» recojo el toro y hago un alarde de las suertes del toreo.

Cuando abordo el retrato y la figura el hombre es el centro de mi obra, presentándole de forma individual, como reto y aventura, en el retrato, y de forma anónima, expresando toda su problemática, en las figuras. Renuevo el tema del retrato, tradicional en el arte español, liberándole de la sumisión al modelo y de las limitaciones que imponía el ideal clásico, para centrarme en el estudio psicológico de mis personajes. En mis lienzos he inmortalizado desde las personas más próximas, a las más altas esferas del poder. Todos ellos hombres y mujeres que han dejado huella en mi espíritu: Clarín, Camilo José Cela, Kafka, Aranguren, Unamuno, Leopoldo María Panero, José Prat, Juan Van-Halen, Haile Selassie, Benjamín Palencia, Vázquez Díaz, Irene de Holanda, Marta de Andrés, Juan XXIII, Severo Ochoa y Su Majestad Don Juan Carlos I, son algunos ejemplos de mi amplio elenco de retratos. En el tema religioso destacan mis apostolados de Navia y de La Olmeda, cobrando un particular relieve la figura de Cristo que contrapone al tema de la guerra, cuyo referente es Goya.

Para el desnudo, parto del compromiso social con la prostitución en mi serie de «rameras». Continúo presentando a la mujer como objeto de deseo sexual en el voyeurismo, para el cual parto de elementos cultos, que enlazan con lo religioso en «Susana y los viejos», hasta conseguir un carácter lúdico. Concluyo con una estética arcaica, remitiéndonos en mis venus prehistóricas al origen de la vida, misterio que termina por asociar con el temor a la muerte. Así, queriendo cerrar el círculo del ser humano, lo he expuesto en mis trabajos, que recojo bajo el epígrafe de «Eros» y «Thanatos».

No hay, en mi obra, momentos de ruptura estilística, sino un proceso de continua evolución. Se ha insistido reiteradamente en mi pertenencia a las escuelas de Vallecas y Madrid, asociándole con una figuración tradicional, mientras se silencia o minimiza mi evolución posterior, constantemente abierta a las aportaciones de las corrientes abstractas y matéricas.

En general, mi pintura destaca por un fuerte dominio de la técnica, en la que se impone la estructura cubista, el valor gestual y la fuerza del color. Aunque también soy muy reconocido por la renovación temática, en particular la del género del retrato. Así como por mi fuerte personalidad dentro de las corrientes expresionistas. Y es que en mi trayectoria artística me debato entre la figuración y la abstracción, el expresionismo siempre ha estado presente en mi obra, tanto por mi pensamiento comprometido como por mi carácter vitalista.

Mis obras de los primeros años (1938-1947) se caracterizan por una figuración que enlaza tradición y modernidad. Las numerosas visitas al Museo del Prado y las enseñanzas de Vázquez Díaz hicieron posible esa conjunción. Me desprendo de lo anecdótico abriéndome a las aportaciones vanguardistas de tipo neocubista, cuyas sólidas estructuras persistirán a lo largo de mi su trayectoria artística. A esta manera de hacer, iré asociando el valor expresivo del color y la materia. Las figuras realizadas de forma esquemática en los años de Vallecas, están hechas a plumilla mediante una línea fina y entrecortada, que insinúa las formas a la vez que las confiere movimiento y expresividad. Por estos años utilizaba con frecuencia la técnica del dibujo y la acuarela.

Entre 1947-1957 mis obras adquieren un carácter figurativo más clasicista, manteniéndome leal a la tradición y ajustándome a los cánones de belleza plástica que en aquellos años marcaban las líneas trazadas por Eugenio d’Ors en su Academia Breve. No obstante, se observa en las figuras una tendencia al alargamiento del canon reflejando su admiración por El Greco, que desde Vallecas se le presentaba como símbolo de la libertad plástica, y a la vez un acercamiento a Modigliani que denota la conexión con las vanguardias.

Los colores de mis óleos se adaptan a la gama sobria de los grises, tierras, blancos y negros; avivada con algunos toques que aluden a lo fauve. A mediados de los años cincuenta cobra, en mi obra, protagonismo el verde que interpreto como consecuencia de mi acercamiento a Navia. La materia se aplica de forma copiosa y muy elaborada, al estilo de Pancho Cossío. Abundan las veladuras, trasparencias, capas superpuestas que facilitan el esgrafiado. En cuanto a las composiciones, las que se refieren a paisajes, con excepción de las acuarelas que se acercan al movimiento fauvista, siguen el concepto constructivo de Cézanne, determinado en parte por la dirección de la pincelada. Las composiciones de figuras se organizan en torno a un eje vertical, formando pirámides o estructuras romboidales. El espacio queda simplificado al presentar a mis personajes en un primer plano, individualizados, para centrar el interés en el aspecto psicológico.

Entre 1957-1968 me acerco al expresionismo. Este se me presenta como solución, frente al triunfo de la abstracción, permitiéndome mantenerme fiel a mis principios figurativos, enlazar con la tradición y conectar arte y vida. En torno a 1964, realizo el primer apostolado de Navia, obra clave en mi evolución, al centrarme ahora en lo matérico. El reencuentro con Castilla en la Olmeda 1965, dejará mi huella especialmente en el color imponiéndose la gama de los tierra -amarillos y ocres-.

De 1970-1980, alcanzo mi madurez estilística. Podemos hablar de expresionismo pleno, tanto en las formas como en el contenido. Gaya Nuño me incluye en la figuración desfigurada, entendiendo como tal aquella figuración que está muy próxima a la abstracción. Efectivamente, la forma de hacer deshaciendo, de dibujar pintando y pintar dibujando se impone como nota distintiva en mi estilo. En los bodegones es donde mejor se aprecia la distorsión expresionista: los objetos se amontonan, se entrelazan, o se superponen, parecen perderse en un aparente caos, pero las rígidas estructuras geométricas se imponen a base de unos trazos maestros, que dirigen y ordenan la composición.

Los cuadros de estos años, en su mayoría, pertenecen a la «Crónica de la Olmeda» y mantienen la gama castellana de los tierra que se incendia hasta cobrar una luz configuradora próxima a Rembrandt. Toman un aspecto de inacabados, y es que, en ese afán de comunicación que me caracteriza, consiguo implicar al espectador en la conclusión de mi obra.

Entre 1980-1987 la figuración expresionista pongo mi acento en el aspecto cromático. La gama castellana asciende hasta los tonos rojos que, colocados junto a los verdes, actúan como complementarios potenciando la luminosidad y el dramatismo. El negro se interpone entre el fondo y las figuras.

En los últimos años, sigo tensando la cuerda de la figuración dando un paso más en mi trayectoria expresionista que se manifiesta en una libertad absoluta en cuanto al uso del gesto y el color que llegan adquirir autonomía propia. El tema o el motivo pasan a un segundo plano, dejándose intuir por la carga emocional del color o el ritmo de las líneas que el artista deja reducidos a sus esencias. No obstante, también se aprecia de nuevo un deseo de regresar a formas más hechas, a una revalorización del vacío, en suma, a una depuración. Algunas figuras de estos años se adaptan a la estética de lo feo, como «El cojo de La braña» o «El novio de Cari». Se ha insistido en un expresionismo próximo al grupo Cobra, en particular con Karel Appel, en cuanto al primitivismo de las figuras en lo deliberadamente mal hecho, en la fuerza y violencia del color, en el carácter expresivo de la materia, pero ese acercamiento se reduce a lo formal, mientras se distancia del sentido trágico de este grupo, para imponer un carácter lúdico e irónico como en mis mendigos carolingios. Mi obra pictórica por su extensión, por la renovación temática, por mi técnica, así como por mi personalidad dentro de las corrientes expresionistas, son lo más destacado de mi obra.

Por todo ello Álvaro Delgado ocupa un lugar destacado no sólo en la pintura española de postguerra sino en el panorama artístico contemporáneo.

Cuando me despido de él, me dice.

-Siempre que estés por el barrio, si tienes tiempo, no dejes de llamar al telefonillo, te recibiré con mucho gusto, así hacemos tertulia.

Por supuesto –le repuse- y así lo hice en muchas ocasiones.

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